Nos hicieron creer que sanar es ir “de mal a bien” en línea recta, que si ya trabajaste algo, no debería doler otra vez. Pero la realidad es otra: sanar no es una escalera, es un proceso vivo.
Hay días de claridad y otros en los que vuelve lo que creías resuelto. Eso no es retroceder. Es profundizar. Lo que regresa no vuelve igual: vuelve para ser mirado con más conciencia, con más recursos que antes.
La mente entiende rápido; el cuerpo va a su ritmo. Por eso a veces “ya sabes” algo, pero lo que sientes no ha cambiado. Sanar también es aprender a no pelearte con eso.
No se trata de dejar de sentir, sino de relacionarte distinto con lo que sientes. La vida sigue moviéndose y, con ella, tú. Algunas heridas se reactivan no porque estés mal, sino porque eso es parte de la vida, pero lo que cambia es que, poco a poco, puedes sostenerlas mejor.
Sanar no es volverte invulnerable, sino saberte cuidar y atravesar lo doloroso de una mejor manera.